En lo profundo de una zanja, dos hombres trabajan con precisión, sujetando un ducto como si domaran a una enorme serpiente de acero derivado del huachicol.
A unos metros, otro perforador se prepara para abrir el conducto y comenzar la extracción ilegal de combustible.
A un costado, varias camionetas observan la escena iluminada por seis faros intensos que rompen la oscuridad.
Dentro de los vehículos, sicarios permanecen en silencio, atentos a la señal que marcará el inicio de la ordeña clandestina. Todo parece detenido en el tiempo, como una fotografía inmóvil.
El escenario se desarrolla en una comunidad del Valle del Mezquital, una región dominada por grupos de huachicoleros. Aquí la policía no aparece y el control lo tienen las redes criminales.
La operación sólo espera la voz del “contacto”: una llamada telefónica que dará luz verde para comenzar a extraer el combustible robado.
De acuerdo con investigaciones de agencias federales y estatales de Estados Unidos, existen organizaciones criminales que no sólo se dedican al robo de hidrocarburos, sino también al tráfico de metanfetaminas, heroína y gas a través de la frontera entre Texas y México.